sábado, 23 de mayo de 2009

Vano oficio

(Klimt/detalle de La muerte y la vida)

El tiempo hace vano todo.
El juego o la partida (la vida) es nuestro único
e inútil golpe contra él.
El tiempo, sin duda, lo arrasará.
Que lo encuentre bello.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Premio y consuelo


Pido un premio para los derrotados,
una medalla para los que no quisieron vencer a cualquier precio.
Pero también un aplauso que les quite las ansias de ganar
y recompense su soledad.

lunes, 20 de abril de 2009

Los días


Los días seguirán siendo los monótonos pasos
que da el tiempo.

Un día seré de la tierra sobre la que
el tiempo pisa,
presencia invisible en el paisaje
que traza.

Cuando los últimos ojos que me vieron
se hayan cerrado,
cuando el último pensamiento que me guardó
rinda su tributo de polvo,
al fin conseguiré el descanso
de la ausencia plena.

Los días continuarán su movimiento mecánico.

Pero entonces yo, ahora sí terminado,
quedaré aguardando, ahora sí solidario,
a que el tiempo gane su propio cansancio.

lunes, 2 de febrero de 2009

Ética pirata


Un pirata que se respete tiene las manos toscas, la mirada dura, la piel seca, el corazón de oro.
Su destino, detrás del horizonte. Su brújula, en las estrellas. Su curso, sin camino y sin límites.
Navega solo y sin amor, pero sólo por amor.
Carece de sangre de venganza, lágrimas de nostalgia, cansancio de caminante.
Toma su barco, se interna en los vientos, deja su libertad a merced de las aguas.
Y cuando llega el fin, cuando la muerte cobra su salario obligatorio..., como perro al amo, no abandona su barco.
En esa muerte está, en realidad, la dignidad del amo que muere por su perro.

viernes, 30 de enero de 2009

Semilla de la caverna


Germina una semilla
guarecida entre las sombras.

Por el agua culpable
de un beso iluminado.

jueves, 15 de enero de 2009

«Dioses en la tierra»

Sueños de la luna estremecida
por tu salto.
Tus ojos, gato.

Envuelto en el silencio,
elegante y misterioso caballero,
en tu silueta la noche
desplaza sus fronteras.

Dios que mudo pronuncia
su oscura palabra y calla,
tus pasos olvidan que el tiempo
carece de memoria.

Tu reino de sombras
nació de una visita
que dejó a la luna enamorada.

jueves, 18 de diciembre de 2008

El rey más solo


Bobby. Imposible estar más solo de lo que estuviste. No sé si se trate del privilegio de ser un genio; quizá sea sólo asunto de compensar los platillos de no sé qué balanza.

Viejo (iba a escribir «tarde»), posiblemente fuiste «guest310», el ajedrecista anónimo que disputaba («ganaba», para ser más claro) partidas en internet. Están, por ahí, registradas, algunas supuestas partidas jugadas por ti y en las que movías muy pronto el rey, para originar un extraño enroque que formaba parte del camino hacia tu inexorable victoria. Extraño jugador. Tanto, como si no fueras tú, Bobby, ese jugador.

Casi cincuenta años atrás, te enfrentabas, prácticamente solo, a la maquinaria de ajedrez más poderosa de entonces. Debatir si alguna o cualquiera de sus piezas hubiera podido contra las mejores o la mejor de hoy es perder el tiempo: ni el hombre ni las máquinas son los mismos al transcurrir aquél, y la ventaja, en teoría, está a favor del presente. Si realmente es así, pues entonces no hay nada que debatir. Ubiquemos, mejor, el pasado, para apreciar con justicia el hoy.

Nadie, sino tú, pudo aplastar a los mejores ajedrecistas de la época. Y no eran enfrentamientos individuales, como sucede ahora, sino donde un individuo sucumbía ante un equipo. Nadie había estudiado tan intensamente el ajedrez, ni con tu pasión, al punto que ni tu ignorancia de otros idiomas, ni las limitadas horas del día, ni la obligatoria instrucción escolar pudieron jugar a favor de tus rivales. No había en ello, sin embargo, ninguna estrategia premeditada por ti y, para su ejecución, tácticas ya previstas: lo que sucede es que, simple y sencillamente, era imposible que no llegaras a ser campeón del mundo.

Qué ajedrecista, en la historia, pudo contar con tantas desventajas a su favor. Niño no prodigio, de clase económica baja, de familia deshecha, fueron otras tantas. Pero una prodigiosa memoria, una pasión inigualable, una persistencia y tozudez incomparables, que no se amilanaron a pesar de no pocos puestos mediocres en innumerables torneos, fueron esas piezas adicionales a las dieciséis del tablero y que te llevaron a vencer en ese otro en que se juega la vida. Si, la vida; allí donde venciste. Porque tu hazaña terminó a los 29 años, y no podía haber sido de otro modo para una lucha que iniciaste siendo un niño. Que no te pidan culminar en la vejez, aquellos a quienes les hace falta toda la vida para llegar a vencer.

En tu época, sólo había un lugar desde el cual no era imposible llegar a lo imposible; un lugar que exigía una talla demasiado elevada. Y no sólo empleando el mejor ajedrez, sino mucho más. Lo que te hace el mayor ajedrecista de todos los tiempos está más allá de los 64 escaques del tablero. O en otro, que tiene las dimensiones de la historia y de la humanidad, construcciones del individuo y no su sustrato. En ese tablero, ocupando, incuestionable, la posición del rey, con la talla de héroe, no tienes ni tendrás sucesor.

Imposible estar más solo de lo que estuviste, Bobby.


Lima, 18 de diciembre de 2008